Así fue como empezó todo esto. Como una crisis de verdad.

Llevaba 20 años trabajando sin parar. Empecé a los 17 porque era la única forma que conocía de tener independencia económica. Trabajar para sobrevivir. Para cubrir lo básico. Y así empezó todo.

Años después entré a estudiar Psicología Organizacional y no había sentido un estado de Flow tan claro en mi vida como el que me generaba estar en una clase de psicología general, de psicobiología, de comportamiento humano. Era lo más apasionante que había vivido a nivel académico. Algo dentro de mí gritaba que ese era mi camino.

No lo escuché.

¿Qué pasó? La supervivencia ganó. Mi círculo cercano tenía trabajo estable en gobierno. Nadie en mi entorno se había comprado una casa ni viajado por el mundo dando terapia. No tenía referencias de cómo se veía una persona exitosa siendo terapeuta. Así que metí ese sueño en una cajita de las cosas imposibles y seguí.

Seguí dejándome llevar por donde el viento me llevara.

Y así fue que terminé en un camino en el que, si bien hice proyectos hermosos que llevo en el alma, también viví experiencias laborales terribles: abuso psicológico, acoso, engaños, faltas de respeto que me dejaron con la autoestima en el piso y con una necesidad enorme de aprobación a través de la mirada del otro.

Hoy sé que eso tiene nombre: Trauma Laboral Acumulado.

No es solo un término. Es lo que pasa cuando el daño se acumula tanto que instala creencias, formas de responder, formas de exigirte que se vuelven automáticas. Y que siguen operando, aunque hayas cambiado de trabajo, de empresa, incluso de país.

Eso fue exactamente lo que me pasó.

En 2020 llegué a vivir por trabajo a la ciudad de mis sueños: Washington DC. Y en 2021 logré empezar a trabajar en la organización que deseaba desde años atrás. Tenía todo lo que estaba en mi lista de cómo se veía el éxito en mi cabeza: independencia económica, amigos entrañables, un hogar hermoso, viajes y un proyecto con impacto real.

Y, sin embargo.

Al año y medio empecé a sentirme frustrada la mayor parte del tiempo. No disfrutaba lo que hacía. No rendía igual. Y era cada vez más difícil cumplir las expectativas que yo misma me había puesto porque soy, o era, una overachiever y perfeccionista de manual.

Estaba completamente desconectada de mí.

Vinieron los síntomas. La ansiedad. El llanto al volver de la oficina. Llegar a casa sin una gota de energía para contarle a mi pareja cómo había sido el día. El día que supe que las cosas iban realmente mal fue cuando él me acompañó hasta la puerta del trabajo porque sentía que me iba a dar un ataque de ansiedad en el camino.

Eran solo las 8:30 de la mañana...

Muy pocas personas en mi entorno laboral sabían lo que me estaba pasando realmente. ¿Cómo iba a decirlo? Iba a parecer una malagradecida después de tremenda oportunidad. O peor: ¡iban a pensar que era una dramática!

Y así es exactamente como la mayoría de las personas que pasamos por esto invalidamos lo que nos ocurre. Lo minimizamos. Lo normalizamos. Y lo que empezó siendo estrés se va convirtiendo, despacio, en lo que hoy conocemos como burnout.

Cuando terminé mi contrato en 2024 y me mudé a Madrid, fue la primera vez en veinte años que elegí mi vida personal antes que mi trabajo.

Y fue también la primera vez que el cuerpo me pasó factura de verdad.

Como si todo lo que había sostenido a presión durante dos décadas de repente no tuviera dónde contenerse. Había días en que no podía sentarme frente a la computadora a hacer algo tan básico como revisar un correo personal. Mi sistema nervioso estaba tan desregulado que reaccionaba a cualquier estímulo relacionado con mi herramienta de trabajo como si fuera una amenaza real.

Fue duro. Fue confuso. Y fue, al mismo tiempo, el punto de partida de algo completamente distinto.

Por primera vez en mi vida adulta tuve espacio para hacerme una pregunta que nunca me había hecho:

¿Qué quiero hacer con los próximos 20 años de mi vida laboral?

La respuesta fue contundente, incluso la sentí en cada célula de mi ser: algo completamente distinto a todo lo que había venido haciendo.

Y así fue como retomé mi propósito de vida y empecé a estudiar el máster en Neurociencia, Psicología e Inteligencia Emocional Avanzada. Estando en este revelador proceso, me topé con unos datos que me dejaron sin palabras. Aunque, en el fondo, los conocía en carne propia.

Según Gallup, solo el 23% de los trabajadores en el mundo se declara realmente comprometido con su trabajo. El 77% restante está desconectado, agotado o activamente descontento. En México, el 60% cambiaría de trabajo si tuviera la oportunidad. En España, estudios recientes sugieren que hasta el 60% de las personas dice no ser feliz en lo que hace. Y el problema no siempre es el salario: es la falta de propósito, el liderazgo tóxico, las culturas que desgastan.

Lo que más me impactó fue esto: Marc Brackett, del Centro de Inteligencia Emocional de Yale, describe que las personas pasan el 53% de su tiempo en el trabajo en estado rojo —ira, ansiedad, miedo— y solo el 19% en un estado de alegría. Ese estado de alerta crónico no es solo malestar. Es una condición que nos hace entre un 30 y un 40% menos productivos, deteriora nuestra salud física y psicológica, y en muchos casos termina derivando en burnout.

¿Se te hace normal esto?

A mí no. Me genera una preocupación profunda y real que tanto porcentaje de personas en el mundo pase 5 o 6 días a la semana, durante 8 horas o más, en modo supervivencia. Sin disfrutar lo que hace. Pagando un precio enorme en su cuerpo y en su mente.

Por eso estoy aquí.

No para hablar del burnout desde la teoría. Sino desde la cicatriz.

Quiero acompañar a personas que hoy están donde yo estuve: que siguen funcionando, pero ya no están. Que tienen miedo de admitirlo. Que no saben si lo que sienten es suficientemente grave como para pedir ayuda. Que llevan meses —o años— normalizando algo que no debería ser normal.

Y también quiero hablar con las organizaciones. Porque el burnout no es un problema individual. Es el síntoma de culturas que siguen midiendo el valor de las personas por su rendimiento, sin preguntarse qué les está costando por dentro.

Hay otra forma de trabajar. Más humana. Más sostenible. Con las personas en el centro.

Eso es lo que quiero construir en los próximos 20 años.

Si algo de lo que escribí te resonó, gracias por haber llegado hasta aquí.

Y te pregunto: ¿te identificas con algo de lo que describí? ¿O conoces a alguien que debería leer esto?